Es un día soleado y yo estoy con Natasha por las veredas de Corrientes al 6000. Detrás está la vía del tren. A veces las barreras se bajan y los autos paran atrás de ella, tiemblan los edificios y la gente mira a ambos lados al cruzar. En el barrio la cancha de Atlanta todavía está, abandonada, sucia y en una intransitable calle, pero está.
Natasha es una poderosa boxer de 8 años.
El sol está fuerte, debe ser el medio día. Vamos caminando por esa vereda de Corrientes y al lado de la librería Lito se encuentra ese almacén que vende caramelos sueltos. Los caramelos se encuentran como en una gran piscina, en el medio del almacen, y es autoservicio. Uno puede elegir comprar un kilo, medio o un cuarto. Las bolsas en las que se guardan los caramelos son rosas o celestes. Me pongo a pensar que estaría bien comprarme una bolsa de medio kilo para cuando parta rumbo a Barcelona y demás países, y que no debo olvidarme comprar una cantidad suficiente de caramelos Holanda. También palitos de la selva.
El tránsito está cortado por el tren que está a punto de pasar, asique aprovecho y cruzo Corrientes rumbio al edificio. Veo la quesería.
Cuando estoy por entrar, mientras trato de agarrar las llaves, aparece un señor que dice estar enamorado de mi perra. Trata de convencerme de que se la de, porque el puede hacerla muy feliz al estar juntos para siempre, pero yo sigo buscando las llaves para entrar. El señor sigue insistiendo, y levanto la cabeza. Hasta ese momento no había reconocido al ser que intentaba volverse el amante de mi perra. Automáticamente, supe quien era: Jairo.
Puse mirada de Baby Etchecopar, haciéndole entender que no le iba entregar al animal.
En otro lugar de la ciudad, esta información le llega a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Ella se encuentra sentada en su despacho, con sus extensiones capilares, un traje blanco y la banda presidencial. Un colaborador vestido con traje negro, camisa blanca, anteojos y cucharacha en el oído, se le acerca y le susurra la información. Encolerizada, pide la cabeza del perro que se atrevió a enamorar al hombre que ella ama. Empieza la cacería de brujas y helicópteros comienzan a volar la ciudad. Es cuestión de minutos para que el ruidos a bocinas y las voces urbanas sucumban ante las hélices.
La noticia llega rápidamente a los medios. Los canales repiten una y otra vez la información. Natasha y yo estamos en el piso 10, de ese edificio de Corrientes al 6000, mirando las noticias. Hago zapping. Está sentada en el sillón al lado mio, esperando que le convide una galleta. Entiendo que está esperando el alimento porque comienza a babear. Le doy una y le digo "¡Lindo lio en el que nos metiste!En fin..."
Cristina continua pidiendo la cabeza y ahora con mi poderosa boxer, nos encontramos paradas en la puerta de la cancha de Atlanta. Una voz me dice "hay una manera de escapar a esta locura", sin embargo cuando quiero darme vuelta para preguntar como, no había nada ni nadie.Solamente la soledad de esa calle y la mugre. Nos acercamos hacia la esquina y veo Corrientes nuevamente cortada. Esta vez la causa no es el tren. Miles de personas se encuentran detrás de las vallas de contención.Gritan, eufóricas. Todos quieren conocer a la perra de la cual se enamoró Jairo y despertó la ira de Cristina K. Camiones de canales de televisión y radio se encuentran estacionados por todos lados. Micrófonos aquí, cámaras allá, todos están invadiendo la entrada del edificio de Corrientes al 6000. Todos quieren tener una imagen, un ladrido, una babeada de la perra que enamoró a Jairo y despertó la ira de Cristina K.
El sensacionalismo es extremo y el blitzkrieg mediático ya no se puede parar.
La miro a mi perra y le digo "Hay una manera de salir de acá". Cruzamos Corrientes y bajamos por Humboldt. Doblamos a la izquierda en la primera cuadra. Tenemos que volver a entrar al edificio, asique lo vamos a hacer por la parte trasera. Nunca había visitado la parte trasera, no sabía como eran las cosas ahí, en ese lugar que el ojo nunca mira. Las calles son de tierra.Las esquinas tienen postes celestes. Pareciera que nadie transita por ahí. Hay pastos y están largos. Es todo tan distinto y sólo hay una cuadra de distancia.
Empezamos a caminar hasta la mitad de cuadra. Allí hay una reja, cubierta por un tejido de alambres. Los espacios del punto son grandes. Esta reja es como un gran corral que contiene pastos altos, casi yuyos. Entramos. Al costado hay un sendero, el cual nos llevará nuevamente al edificio. Hay silencio, sólo se escucha algún bicho a lo lejos. Hay sol.Estamos solas. Es todo muy distinto y la distancia es de sólo una cuadra. Me quedo ahí parada.Pienso un rato. Miro a mi perra.
Y ahí nomás me tiré en el piso, sin apuro, abajo del sol.
*Dedicado a Natasha, que hoy la operan.